Dos semanas
antes de Navidad recibió la peor llamada telefónica que había recibido jamás.
Cortó el teléfono
con un gemido agudo y lastimero, y sus manos se apoyaron temblorosas sobre el
teclado del ordenador portátil que la empresa le había provisto.
Era tarde y
la poca gente que quedaba en la oficina comenzó a rodearla lentamente al ver su
expresión demente, preguntando qué había sucedido.
Cual
caricatura grotesca copiosas y gruesas lagrimas saltaban sin ningún esfuerzo
de sus ojos, corriendo su maquillaje de delineador negro hasta el cuello y mojando
su camisa blanca; todo era monocromático y sucedía en cámara lenta. No había sonido alguno en kilómetros
a la redonda.
Su madre había
sido asesinada luego de que cuatro hombres le arrebataran sus pertenencias; una
mujer humilde que trabajó toda su vida se convirtió, en un segundo, en otra de
las tantas víctimas de una sociedad enferma producto de un gobierno corrupto
que durante diez años logró construir una anarquía disfrazada de democracia.
Una
sociedad en la cual la gente que sigue votándolos tiene más beneficios que la
gente trabajadora; un país en donde los criminales y asesinos tienen más
recursos que los trabajadores retirados.
Un país sin
respeto, con un sistema judicial desmantelado.
Un país sin
salvación, al menos en el corto plazo.
Ella ya sabía
que las cosas eran así, ya que varias veces había logrado escapar del mismo
destino que su madre, en la misma calle, horario, y en exactamente las mismas circunstancias.
Ella que también
había logrado escapar de ese país gobernado por monstruos corruptos y siniestros,
se secó la cara y se apresuró a salir de la oficina.
Necesitaba
comprar una cama para su hermano esa misma noche.