Un
experimento: Hace la prueba de dejar las bolsas de las compras sin guardar
durante un par de semanas. Vas a ver que cuando vayas a mirarlas ya no sentís más
esa alegría inigualable que sentís cuando llegas a tu casa y enseguida sacas
las cosas de las bolsas. Lo descubrí por ser tan desordenada en general, y después
de pensarlo por un rato me di cuenta que no son las cosas que había comprado lo
que me entusiasmaban, sino el hecho de haber comprado esas cosas. Pienso que el
motivo de esa alegría que uno experimenta se debe a la sensación de poder comprar. Es
el mismo motorcito enfermo que te hace sentir magnánimo entre las góndolas y te
hace meter cosas en el changuito como un zombie al ritmo de un tambor invisible;
el hecho de saber que tenes la capacidad de obtener cualquiera de esas cosas que están apoyadas ahí
tiene un gustito dulce de poder y un sentimiento supremo de control. No me malentiendan: no soy una adicta a las compras. Esto es solo un
ejemplo boludo de las peligrosas mentiras de todos los días que nos hacen ignorar por un rato la realidad del mundo. Hay que aprender a encontrar un
balance real para no dejarnos controlar por esta y muchas otras ilusiones que
la sociedad y la vida moderna nos imponen.
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