Yo no tendría
más de ocho o nueve años de edad cuando en la escuela primaria pintaba una
escultura de papel y cartón con tempera color lila. Entonces encontré un
pedacito de esponja y decidí pintar con eso para darle otro efecto. Lo que no
me había dado cuenta era que en algún momento esa esponja ya había sido usada
por alguien que le gustaba la tempera color ocre-marrón. Cuando me di cuenta, me pareció tan linda la
mezcla con el color lila que entusiasmada seguí usando esa esponja manchada.
Cuando estaba por terminar mi obra de arte se me acerca la maestra de plástica (a la que yo adoraba) y me dice -“¿Qué hiciste Yuli? ¡Lo arruinaste!”. Instantáneamente sentí una presión conocida en los parpados cuando se te llenan de lágrimas, y no dije nada. Me gustaría volver a ese momento y decirle: -“A mí me parece que queda lindo así profesora. ¿Por qué no enseña matemática si lo que a usted le gusta es decir cuando algo está bien o mal?”. Claramente es una respuesta demasiado elaborada para una nena de ocho o nueve años de edad. Pero quizás podría haber dicho algo que le hiciera darse cuenta de la estupidez de sus palabras.
No es necesario aclarar que a esa señora le perdí el cariño.
Cuando estaba por terminar mi obra de arte se me acerca la maestra de plástica (a la que yo adoraba) y me dice -“¿Qué hiciste Yuli? ¡Lo arruinaste!”. Instantáneamente sentí una presión conocida en los parpados cuando se te llenan de lágrimas, y no dije nada. Me gustaría volver a ese momento y decirle: -“A mí me parece que queda lindo así profesora. ¿Por qué no enseña matemática si lo que a usted le gusta es decir cuando algo está bien o mal?”. Claramente es una respuesta demasiado elaborada para una nena de ocho o nueve años de edad. Pero quizás podría haber dicho algo que le hiciera darse cuenta de la estupidez de sus palabras.
No es necesario aclarar que a esa señora le perdí el cariño.
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